
michel houellebecq, espejo agridulce de nuestro tiempo
Quiero compartir algo muy especial del “Festival de las Ideas” en Madrid: conocí a Michel Houellebecq. Más allá de una firma, pude conversar unos minutos con él y confirmar —en sus propias palabras— que mis intuiciones sobre su obra y su ideal como autor eran acertadas. ¡Qué alegría haber aprendido francés!
Comenzaré diciendo que Houellebecq se ha convertido en una de las voces más importantes de la literatura contemporánea, con una relevancia indiscutible dentro de la escena mundial. Su rigor literario va acompañado de un temperamento que incomoda y fascina, como un espejo agridulce que devuelve las heridas de nuestro tiempo. Entre la lucidez de su obra y las controversias que despierta, nunca deja indiferente.
Así nos ha procurado el placer de hurgar en los abismos de nuestra condición humana. Pinta como nadie ese cuadro de un Occidente confuso en sus derivas; desolado por el consumo y por unas relaciones mutuas resquebrajadas; golpeado tras la caída de sus grandes relatos: la muerte de los principios sobre los que se basaron sus proyectos fallidos, por no decir más. El autor nos recuerda: “Hemos atravesado fatigas y deseo/sin reencontrar el sabor de los sueños de la infancia”.
No cabe duda de que va directo al hueso, al nervio, pero con un lenguaje formidable y atrapante. Y es que, al empezar a leerlo, uno siente esa maestría que evoca a los grandes maestros del pasado.
Por lo demás, la génesis de su genio está ahí para quien decida adentrarse en una obra sin igual: un espacio lleno de originalidad, de ironía y de desencanto; una obra libertina que no opaca la seriedad de sus palabras, ebrias de convicción. Porque, bajo el telón desolador de lo que señala como pocos, prevalece el amor humano, como una esfera de fuego en nuestras almas, mientras el desierto avanza silencioso en las multitudes.